Nelson Mandela sigue siendo la conciencia crítica en la construcción de una nueva Sudáfrica
Pudo haberse convertido en jefe de una tribu de los thembus, de la
etnia xhosa. Su árbol genealógico lo predestinaba. Pero en su cabeza de
niño daban vueltas los relatos de los ancianos sobre «los buenos
tiempos, antes de la llegada del hombre blanco», cuando reinaba la paz
y todo respiraba en equilibrio y armonía.
Ante sus ojos, los
viejos sabios de barbas, reunidos ante una gran hoguera, también
contaban historias de resistencia y lucha de aquellos ídolos que
conformaron el orgullo del pueblo sudafricano. Estas charlas, en las
que comenzaba a "cocinarse" su posición política, chocaban con lo que
le enseñaban en la escuela: una historia llena de héroes blancos, en la
que los negros eran salvajes o ladrones de ganado, y las rebeliones
contra los colonizadores se presentaban de manera peyorativa.
Mandela
estaba decidido a construir su propio camino lejos de su natal Qunu. Su
persistencia la había demostrado desde pequeño, cuando no dejó de
asistir un día a la escuela aunque tuviera que usar la ropa de su
padre, ajustada a su tamaño. Convertirse en abogado para defender los
derechos de sus coterráneos humillados no le resultó sencillo.
Cuando
cursaba el tercer año en el colegio de Fort Hare, fue expulsado por
participar en una protesta porque las autoridades redujeron las
capacidades del Consejo de Representantes Estudiantiles, del cual
formaba parte. En esa institución, conocida por haber formado a
dirigentes potenciales no solo de Sudáfrica sino de la parte central
del continente, conoció a Oliver Tambo, quien le acompañó siempre en la
lucha contra el apartheid.
Fue tan intrépido que llegó a
desafiar a su padrino, quien le tenía concertado un matrimonio para que
asumiera su rol como jefe de los thembus. No fue una decisión fácil.
Negarse a ello era como renunciar a su identidad tribal.
Con
solo 22 años llegó a Johannesburgo, una ciudad que lo aplastaba. La
prosperidad distinguía los vastos suburbios blancos, pero los nativos
africanos eran confinados a las barriadas de chabolas, sin electricidad
ni agua potable, y donde los policías entraban como fieras buscando a
quién apalear y llevar a la cárcel.
Para ganarse la vida trabajó
en una mina de oro, y luego se trasladó al populoso suburbio negro
Alexandra, en el extremo nororiental de Johannesburgo. Gracias al
consejo de un conocido se encontró con Walter Sisulu, quien se
convirtió en otro de sus imprescindibles amigos. Sisulu estaba al
frente de una agencia inmobiliaria que se ocupaba de los terrenos
libres a los que aún podían acceder los negros y no tardó en ofrecerle
un empleo por dos libras esterlinas.
Sisulu también le ayudó a
regresar a los estudios de Derecho. Le ayudó económicamente para que
pudiera obtener el título de Licenciado en Letras por correspondencia
en la Universidad de Witwatersrand, y lo presentó a un bufete de
abogados blancos en el que podía trabajar mientras estudiaba su
carrera. Posteriormente, al establecerse con su primera esposa Evelyn
Ntoko Mase —una enfermera que también le ayudó a costear los estudios
de esa carrera—, en Orlando, un township (barrio) ubicado al sudoeste
de Johannesburgo, se reencontraría con su otro amigo Oliver Tambo,
quien había venido a la urbe a impartir clases de ciencias y
matemáticas en la St. Peter´s School. Muy cerca también vivían Sisulu y
su esposa Albertina.
Con Sisulu y Tambo compartió también el
activismo político y los ajetreos del Congreso Nacional Africano (ANC)
y la Liga Juvenil, de la cual fue su secretario general. El trío de
amigos, junto a muchos otros sudafricanos con sueños de emancipación,
sufrieron detenciones y persecuciones por parte de las autoridades
racistas.
Se cuenta que un judío polaco del bufete aconsejaba a
Mandela que se concentrara en sus estudios universitarios y se alejara
de la política. Era imposible.
En 1944 ingresó al Congreso
Nacional Africano (ANC), un movimiento de lucha contra el régimen
oprobioso que habían implementado los blancos, y del cual llegó a ser
secretario general.
En un país que emergía como un crisol de
razas (indios, negros, blancos) Mandela llegó a la conclusión de que
hacía falta formar un frente multirracial, no exclusivamente negro, y
que incluyera a otros colectivos políticos de resistencia, como los
comunistas, para oponerse al Gobierno de minoría blanca y sus políticas
segregacionistas. Por mucho que el Gobierno se esforzara en dividir a
un pueblo por el color de la piel, los oprimidos estaban convencidos de
que debían unirse para poder derrotar a la dictadura blanca. Mandela
convirtió al ANC en un gran movimiento de masas con un nacionalismo
africano radical.
Su defensa de la plena ciudadanía, la
representación parlamentaria directa, la redistribución de la tierra, y
de la salud y la educación para todos, lo convirtieron en un escollo
para la dictadura opresiva blanca.
Fue uno de los impulsores, en
1955, de la Carta de la Libertad, una especie de programa de lucha que
aglutinaba no solo a los miembros del ANC, sino a otras agrupaciones
políticas. Este documento plasmaba la aspiración de un Estado
multirracial, igualitario y democrático, y una política de justicia
social en el reparto de la riqueza. Los recursos naturales del país le
pertenecen a sus hijos; por ello, una vez derrotado el régimen
discriminatorio, debían ser puestos en función de la construcción de
una sociedad con iguales derechos para todos.
«Prohibido»La
represión alcanzó matices insospechados una vez que el Partido Nacional
tomó el poder en 1948 e institucionalizó la segregación racial. A
partir de entonces, la discriminación hirió cada una de las fibras
humanas y se apoderó de todo espacio social de Sudáfrica. En la entrada
de muchas instituciones públicas y centros privados, aparecía un cartel
advirtiendo la prohibición de acceso a los negros.
En 1952
emprendió la Campaña del Desafío a las Leyes Injustas, una movilización
que unió a todos los sectores progresistas de la sociedad sudafricana
en el enfrentamiento común al apartheid.
Mineros, obreros,
maestros, intelectuales… negros, mulatos, indios… todos tomaron las
calles en manifestaciones impulsadas por la Liga Juvenil, el ANC y el
Congreso Indio de Sudáfrica, para enfrentar las medidas
segregacionistas que iban desde prohibir a los negros su desplazamiento
por determinadas zonas urbanas hasta establecer un toque de queda solo
destinado a estos grupos raciales. Los muertos también fueron muchos.
Semanas
después fue juzgado y condenado en virtud de la Ley de Supresión del
Comunismo. La «justicia» blanca y torcida lo etiquetó como «prohibido»
(banned, en inglés). Ello significaba que debía abandonar su actividad
política y partidista. Ni siquiera su nombre podía salir en los
periódicos, telediarios o emisoras radiales.
Estaba totalmente
aislado. Era un objetivo enfermizo de la policía que no dejó de
rastrearlo. Su pensamiento había sido criminalizado. A pesar de la
extrema vigilancia, Mandela se las arregló para continuar en la lucha
política desde la clandestinidad.
Prisionero 466/64Hasta
ese momento, el ANC había optado por la lucha pacífica, sin lograr sus
objetivos. Al contrario, lejos de frenar la opresión, el régimen se
volvía cada vez más brutal. Así lo demostró la matanza de Sharpeville,
localidad urbana donde la policía se lanzó con toda su furia sobre una
multitud de manifestantes y masacró a 69 de ellos y otros 187
resultaron heridos. Luego sobrevino una fuerte oleada de represión y la
ilegalización del ANC.
Desde la clandestinidad, en diciembre de
1961, Mandela activó y asumió la jefatura del brazo armado del ANC:
Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), que atacó instalaciones
gubernamentales y de la Policía.
Lo buscaban hasta bajo las
piedras, por lo que se vio obligado a salir del país y emprendió una
gira por diferentes naciones para llamar la atención de la opinión
pública internacional sobre los excesos de la política segregacionista.
Sus denuncias retumbaron en una conferencia panafricana en Addis Abeba,
Etiopía.
Luego de regresar de un curso de adiestramiento militar
en Argelia, Mandela fue capturado. Con mucha tranquilidad, a pesar de
saber que no escaparía de la injusticia, resumió en su alegato los
principios de su batalla.
«He dedicado toda mi vida a la lucha
del pueblo sudafricano. He luchado contra la dominación blanca y la
dominación negra. He soñado con el ideal de una sociedad libre y
democrática. Es un ideal por el que espero vivir. Pero es también un
ideal por el que estoy dispuesto a morir».
Etiquetado como un
hombre «peligroso», fue transferido a la prisión de máxima seguridad de
Robben Island, emplazada en una pequeña isla en el mar a 11 kilómetros
de Ciudad del Cabo y donde fue forzado a trabajar en las canteras de
cal. La resistencia del prisionero 466/64 fue estoica. Su segunda etapa
en prisión se desarrolló en la penitenciaría de máxima seguridad de
Pollsmoor.
El amor a la música clásica, las prácticas de
gimnasia, la lectura y un curso a distancia de Derecho, le ayudaron a
soportar los horrores del encierro, donde también fue víctima del
racismo.
Apenas pudo contar con las visitas de su segunda esposa, Winnie Mandela, y de sus hijos.
Momentos
sublimes y otros muy tristes marcaron a la familia Mandela sin que
Nelson pudiera estar presente. No pudo asistir al velorio de Madiba
Thembekile, su hijo mayor, que con tan solo 25 años perdió la vida en
un accidente. Tampoco le fue permitido asistir al funeral de su madre,
ni pudo acompañar a su hija Zenani, quien contrajo nupcias con el
príncipe Thumbumuzi Dlamini, hijo del rey de Swazilandia, Sobhuza II.
Ni siquiera tuvieron en cuenta cuando, con 70 años, su salud peligró a
causa de una tuberculosis.
Veintisiete años estuvo en prisión
sin claudicar. Pudo haber salido en 1985, cuando el Gobierno,
presionado por la comunidad internacional, le propuso la libertad a
cambio de concesiones políticas y de que aceptara vivir en un
bantustán, como se le llamaban a los territorios donde eran confinados
los negros. Pero Mandela demostró nuevamente su descomunal entereza al
no traicionar sus ideales.
Su pensamiento y su resistencia ante
los chantajes y las presiones lo convirtieron en un símbolo de la falta
de libertad de todos los negros sudafricanos. La denuncia y los
reclamos por su liberación se hicieron sentir en todo el mundo.
Cuba en su corazónDesde
prisión, Mandela estuvo al tanto de la batalla de Cuito Cuanavale, a
través de noticias que le llegaban muy fragmentadas. Esa epopeya, con
la ayuda de los combatientes internacionalistas cubanos, fue el golpe
mortal al régimen de Pieter W. Botha —conocido como «el viejo
cocodrilo»— que ya se desmoronaba, y contribuyó a la independencia de
Angola y Namibia. Una vez derrotada, Sudáfrica comenzó a negociar los
Acuerdos del Sudoeste Africano, mediante los cuales Namibia pudo
obtener su independencia. También se vio obligado a entablar
negociaciones con el ANC y con el propio Mandela, una vez que Frederik
de Klerk, el sucesor de Botha, le dio la libertad en 1990.
Cuba
era una escala obligada para Mandela durante la gira internacional que
emprendió entonces para explicar al mundo la necesidad de mantener las
presiones contra Sudáfrica, pues aún el apartheid seguía vivo.
Con
gran tino político, Mandela advertía que a pesar de que Pretoria
hubiese suprimido leyes racistas reconocidas como un delito
internacional, no era momento para premiársele. «El apartheid aún
existe. Hay que obligar al régimen a que lo elimine. Y solo cuando ese
proceso sea irreversible podremos comenzar a pensar en disminuir las
presiones», advirtió.
Su breve estancia aquí no pudo ser más
simbólica. Era el 26 de julio de 1991. Nuestro pueblo celebraba el
aniversario 38 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de
Céspedes. Ese día, Mandela agradeció personalmente a Fidel y su pueblo,
todo lo que la pequeña e intrépida isla del Caribe había hecho por
África.
«Hemos venido aquí con gran humildad. Hemos venido aquí
con gran emoción. Hemos venido aquí conscientes de la gran deuda que
hay con el pueblo de Cuba. ¿Qué otro país puede mostrar una historia de
mayor desinterés que la que ha exhibido Cuba en sus relaciones con
África?», dijo ante la multitud congregada en la provincia de Matanzas.
«(…)
Cuando usted, compañero Fidel, dijo ayer que nuestra causa es la causa
de ustedes, yo sé que ese sentimiento surge del fondo de su corazón y
que es el sentimiento de todo el pueblo de Cuba revolucionaria».
En
una conferencia de prensa con periodistas cubanos y extranjeros,
Mandela resaltó la solidaridad de Cuba que, desde el triunfo de su
Revolución, puso en manos de América Latina, Asia y África, su amor por
esas tierras y la posibilidad de recibir educación, atención médica y
el talento de otros profesionales. Partía de Cuba lleno de fuerzas y
esperanzas, dijo.
Fidel destacó la estatura moral de Mandela al
catalogarlo como «uno de los más extraordinarios símbolos de esta era»,
«un hombre absolutamente íntegro» e «inconmoviblemente firme, valiente,
heroico, sereno, inteligente, capaz».
El dirigente africano
considera al líder de la Revolución Cubana como uno de sus «grandes
amigos», y expresó su orgullo de encontrarse entre quienes «apoyan el
derecho de los cubanos a elegir su propio destino».
«Las
sanciones que castigan a los cubanos por haber elegido la
autodeterminación se oponen al orden mundial que queremos instaurar.
Los cubanos nos facilitaron tanto recursos como instrucción para luchar
y ganar. Soy un hombre leal y jamás olvidaré que en los momentos más
sombríos de nuestra patria, en la lucha contra el apartheid, Fidel
Castro estuvo a nuestro lado».
Siempre estadistaUna
vez elegido primer presidente democrático en las elecciones
multirraciales de 1994, Mandela se convirtió en la esperanza del pueblo
sudafricano para borrar tanta humillación y construir una nueva
sociedad con iguales derechos para todos, sobre la base de la paz y la
reconciliación. Una contienda que aún el ANC mantiene viva a pesar de
que Tata —como también le llaman sus coterráneos— ya no es el
Presidente.
Hoy, retirado de la política hace 11 años, Mandela
disfruta mucho más a su familia, especialmente a sus nietos, a quienes
adora. Prácticamente toda su vida había estado distante de esa otra
parte de su alma. No obstante, continúa al tanto del pulso de una joven
y palpitante democracia, llena de retos. Su pensamiento
antiimperialista y anticolonialista sigue irradiando, no solo a su país
y África completa, sino a cada rincón del mundo, donde es querido y
respetado.
Madiba —título honorario que daban a los ancianos de
su tribu, y con el que también se le conoce— ha estado al frente de
otras batallas muy duras para su país, como la lucha contra el
VIH-sida. Es una cruzada que toca su más íntima sensibilidad y la asume
como un reto personal. Su hijo, Makgatho Mandela, el único varón que le
quedaba, murió en 2005, con 54 años de edad, a causa de esa pandemia.
En toda África se reportan unos 25 millones de enfermos, y Sudáfrica es
precisamente uno de los países del continente con mayores índices (5,5
millones).
También le preocupa la niñez, porque como afirmó una
vez, «no puede haber una revelación más intensa del alma de una
sociedad que la forma en la que trata a sus niños». Uno de sus primeros
gestos como Presidente fue renunciar a la tercera parte de su salario
para dedicarlo a la creación del Fondo Nelson Mandela para la Infancia.
«Estar preso durante 27 años sin ver niños es una experiencia
terrible», aseguró entonces quien con mucho amor y ternura es conocido
como «Mkhulu» (abuelo).
Fuente:
http://hablemosdeafrica.blogspot.com/2010/07/madiba-eterno.html